Panik Lov...2006

Panik LOV.

No hay un arte. Ya no. No hay un origen. Sólo se puede crear, pintar, desde la frontera. Cualquiera. Y la pintura, el cuadro, su borde y su adentro (arte todo) sólo da cuenta de una parcialidad. Sin embargo, esa parcialidad, ese fragmento, es la única forma que tenemos para entrar. El fragmento de lo cotidiano, como un eje desde el que se puede articular el relato, el instante pictórico, es nuestra forma de ataque y defensa en contra de este mundo que nos dice por todos lados: no puedes tocar, si no nos pagas, si no pierdes (te pierdes).



El pollo exhibido. Decapitado. Con su etiqueta, ese precio símbolo del valor monetario que todos llevamos colgado del pescuezo. El pollo, como la lectura de todos los cuerpos alienados que se pasean por la gran vitrina: nuestro mundo. El marco es lo de adentro. Las tripas que duelen y sangran, el contrapunto a este pollo que pese a estar decapitado no gotea. Se maquilla. El cuerpo se maquilla. El cuerpo, al venderse, se debe maquillar. Lo que se exhibe (y el arte debe luchar contra esto) se debe maquillar. Pero por los lados, por ese marco, los interiores que no esconden nada. La tripa llevada al borde, al “afuera”, para que no se vea. La tripa, como lo más sincero (entendido, quizá, como genuino), como esa vuelta al origen. Sangre y respuesta. Dolor. Razón y lucha de un cuerpo que no tiene ningún valor sin maquillaje.



Como las viejas viñetas de los comics, las letras nos quieren decir algo. ¿Qué? Las letras, que vienen de cualquier parte, que están en todo el mundo, que pueden ser coreanas, japonesas, o simplemente letras de un argot callejero que no sabemos leer, son el desmembramiento del significado. Porque este cuadro, nos muestra el esqueleto de un espectáculo. Un show que vemos en las vitrinas, se nos presenta a través de la caricatura de nuestra relación con la oferta que el mundo nos pone a disposición. Es el trueque del pollo por un precio, del cuerpo y el valor, la escena cotidianamente repetida en donde da igual lo que quieren transmitirnos. Nos acostumbramos. El cuadro quiere simbolizar esta costumbre, a través del cuerpo exhibido, de las letras que no tienen valor de significado, sólo de significante. Y lo hace a través de un arte que rescata los signos que no son locales, sino universales. El comic, la caricatura, como símbolos de nuestro mundo pos¿t?moderno. Como el lenguaje que vemos en los mass media. Haciendo uso de ese lenguaje de signos y símbolos, es cómo se puede deconstruir la escena cotidiana.

Sobre el lienzo, la imagen del acto más propio de nuestro mundo: la oferta, la venta. Y el artista, escenifica los hechos a través de la caricatura. Pero no sólo los presenta, sino también desarrolla una crítica a través del lenguaje propio del mundo globalizado y globalizante. Lo que verdaderamente sangra es lo que se exhibe. La sangre es el precio. La condena el maquillaje. El cuerpo, pobre cuerpo, pobre pollo, un intercambio brutal, que ya no nos sorprende si no usamos un lenguaje nuevo para denunciarlo.

















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